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lunes, 8 de mayo de 2023

ORSOLA CACCIA - PINTORA POR TRADICIÓN FAMILIAR (6)

Orsola Caccia. Detalle de Sant'Agnese. (Sotheby's)

La sexta entrega de la serie "Pintoras por tradición familiar" está dedicada a la italiana Orsola Maddalena Caccia a quien la tradición le llegó por doble vía, por parte de su padre, el pintor Guglielmo Caccia, y por de su madre, Laura Oliva que era hija del pintor Ambrogio Oliva

Su padre, Guglielmo Caccia (1568-1625) 

Conocido como "Il Moncalvo" por la localidad en la que pasó gran parte de su vida, es el principal pintor del Piamonte italiano de su época. Pertenecía a una familia de agricultores de la localidad de Montabone, cerca de Acqui. Desde muy joven mostró sus habilidades en pintura hasta el punto que sus padres Giovanni Battista y Margherita vendieron un castañar de su propiedad para poder pagar su aprendizaje al uso de la época, asistiendo al taller de un maestro, incluso viviendo en su casa; primero como aprendiz y más tarde como colaborador hasta convertirse en un maestro independiente. Aunque no existen documentos que nos informen con certeza sobre los inicios de su carrera artística, es probable que  diera sus primeros pasos en el taller del pintor de Casale Monferrato, Ambrogio Oliva, no solo por el estilo común de sus primeras obras sino también por el hecho de que a los veintiún años (1589) se casara con la hija de este, Laura Oliva

Guglielmo Caccia. Autorretrato

Los años de formación del joven pintor estuvieron condicionados por el espíritu de la contrarreforma, impulsada por la iglesia católica para combatir la reforma protestante, que se impone tras el Concilio de Trento (1563), considerando la pintura como un instrumento para la enseñanza de la doctrina. Guglielmo va a desarrollar su labor pictórica, fundamentalmente de tipo religioso, por todo el norte de Italia, empezando por las pinturas al fresco que realiza en 1590 en el Sacro Monte de Crea. 

En 1593 se establece con su familia en Moncalvo, de donde le viene su apodo; viaja a Bolonia donde aprende de Ludovico Carraci, y a Roma donde capta el estilo de los grandes pintores del  Renacimiento, aunque nunca dejó de estar activo en el Monferrato y el Piamonte torinés. 

Hacia 1600 trabajó algún tiempo en la localidad de Chieri donde deja muchas obras y establece un taller que después confía a su discípulo Francesco Fea. De ese tiempo son algunas de sus obras más famosas, como la Coronación de la Virgen y Santos, con la vista de la ciudad de Chieri o La Virgen del Rosario con Santo Domingo y Santa Catalina de Siena, santos dominicos habituales en sus obras.
  
Izq. Incoronazione della Vergine con i Santi Protettori di Chieri (c1601) Chiesa de San Bernardino.
Der.: Madonna e Gesù Bambino (1615) Chiesa San Doménico. Cappella del Rosario
  
En 1605 le llega la gran oportunidad al ser llamado por Carlo Emanuele I a Turín donde después de realizar diversos trabajos establecerá una colaboración con Federico Zuccari, para decorar la bóveda de la Gran Galería existente entre el palacio Madama y el palacio ducal (destruido en el incendio de 1659). Esta obra extendió su fama más allá del Piamonte a toda la Lombardía, el territorio más hispanizado del norte de Italia, donde empieza a ser conocido como el "Rafael del Monferrato". 

Guglielmo Caccia fue asimilando las enseñanzas de los pintores con los que se había relacionado, para terminar con uno de los más influyentes, el joven Daniele Crespi, formado en la escuela de pintura creada por Federico Borromeo, con quien tuvo la oportunidad de trabajar. Caccia era fiel seguidor de la doctrina de este último, arzobispo de Milán, quien promovía una función del arte fuertemente moralista, condenando la presencia de desnudos y evitando todo tipo de contacto entre los personajes "para que no alimenten pensamientos indecorosos" (De Pictura Sacra, 1625). Todo ello en un momento en que las críticas confluyen en denostar "los excesos carnales" de las figuras de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, con tantos desnudos y posturas "contrarias al decoro" que la iglesia promovía para sus recintos. Como sabemos, Pio V, movido por esa corriente moralizante, encargó al pintor Daniele da Volterra  (c.1509-1566) que cubriese las partes más íntimas de los desnudos del Juicio Final de la Capilla con velos y prendas adecuadas.

El Moncalvo, siguiendo las directrices de la iglesia, busca conmover al fiel, mostrando la Historia Sagrada con persuasión y sencillez, por lo que ha sido considerado como el principal pintor de la Contrarreforma del Piamonte. 

El abuelo, Ambrogio Oliva (+1612)

Poco sabemos del pintor Ambrogio Oliva, abuelo de Orsola Caccia. Nacido en la localidad de Trino en la provincia piamontesa de Vercelli, desarrolló su labor pictórica en la cercana ciudad de Casale Monferrato, donde siguió activo hasta su muerte en 1612.

De las pocas obras que se conocen de este pintor es destacable la dedicada a la Virgen del Rosario, que se encuentra en la iglesia del Santísimo Nombre de Jesús y del Rosario en Occimiano, en la provincia de Alessandria. La obra sigue una iconografía que vemos a menudo en las iglesias de la zona, centrada en una figura principal, en este caso la Virgen del Rosario, rodeada de ángeles, sobre la que aparece el Creador o la Trinidad y con la presencia de personalidades o comitentes. En este caso tiene la peculiaridad de mostrar en su base diversos personajes conocidos de las familias gobernantes en Monferrato y Mantua (Paleólogo y Gonzaga), y de la iglesia, encabezados por el Papa, entre los que distinguimos a Sto. Tomás de Aquino, emparentado con los Gonzaga y protegido del Papa. 

Ambrogio Oliva, Madonna del Rosario, 1580, Iglesia SS. Nombre de Jesús y el Rosario, Occimiano, (Alessandria, Italia).

La Pintora Orsola Maddalena Caccia,
(Theodora Caccia Oliva, Moncalvo, 1596 - 1676)

De los nueve hijos del matrimonio Caccia-Oliva, seis fueron niñas, todas se dedicaron a la vida religiosa y dos de ellas además fueron pintoras: Anna Guglielma, que al entrar en el convento cambió su nombre por el de Francesca, de la que apenas se reconocen obras quizás a causa de su prematura muerte; y Theodora, que cambió el suyo por el de Orsola Maddalena, de la que tenemos más noticias. 

Orsola aprende el arte de la pintura trabajando en el taller de su padre desde los quince a los veinticuatro años (1611-1620). Con él aprendió a preparar lienzos, a mezclar pigmentos y a realizar los detalles decorativos y las figuras secundarias en sus obras. Pero es la única de las hermanas que además aprendió a leer y escribir, lo que era menos habitual en la formación de mujeres, y ello le permitirá relacionarse a traves de cartas con personas influyentes para obtener permisos y encargos y más tarde ser la abadesa de su convento entre 1627 y 1652. 

En 1620 Orsola ingresó en el convento de las ursulinas de Bianzè, en el que ya habían profesado cuatro de sus hermanas y poco después de ella entró la última. Transcurrido un tiempo, su padre considerando que Bianzè era una localidad peligrosa por ser cruce de caminos entre las tierras de Mantua, el Monferrato y Saboya solicitó permiso al obispo de Casale Monferrato, Scipione Agnelli, para fundar un nuevo convento de monjas ursulinas en la localidad de Moncalvo para lo cual aportó su dinero y su propia casa a donde se trasladaron sus hijas en 1625.

La idea de fomentar la creación de congregaciones femeninas dedicadas a Santa Úrsula, siguiendo el modelo fundado por Angela Merici, había sido promovida por Carlo Borromeo en Milán modificando la regla existente y autorizando la actividad en los conventos de Ursulinas que, con el tiempo, se transformaron en colegios. El buen funcionamiento en Milán llevó a la fundación de otros nuevos en muchos lugares de Lombardía y Emilia Romagna, que se vieron favorecidos por el impulso que supuso para los movimientos religiosos femeninos el Concilio de Trento. De ese modo las jóvenes que no querían casarse podían realizar a través de este tipo de organizaciones servicios a la iglesia y a la sociedad sin necesidad de tener que optar por una vida en clausura.

Se conoce por el testamento del padre (1625) que Orsola Maddalena y Francesca habrían sido usufructuarias de los pequeños cuadros y dibujos de su padre, siendo materiales utilizados como modelos  por Orsola hasta mucho tiempo después de la muerte de su padre. Para ayudar a mantener el convento Guglielmo Caccia había organizado un taller de pintura en él y contratado personal de apoyo para poder llevarlo a cabo. La actividad artística era dirigida por Orsola que tuvo que solicitar permiso a Cristina de Francia, en ese tiempo regente de Saboya, para poder realizar trabajos remunerados que les permitieran poder mantenerse ya que el convento carecía de recursos de otro tipo. La hermana Orsola no solo realizaba las pinturas sino que también formaba a las novicias que colaboraban en su realización, especializándose en la pintura de bodegones aunque también realizaban por encargo pintura de carácter religioso para iglesias e instituciones.

En sus primeras obras personales se ve claramente la influencia paterna, pero además el hecho de que ella concluyera las pinturas inacabadas de su padre supuso por mucho tiempo confusión a la hora de distinguir las obras de una y otro. Gracias a la formación técnica recibida y a su propia experiencia Orsola adquiere con el tiempo la libertad de elegir sus temas de carácter religioso independizándose de los modelos paternos. 

En su obra percibimos la influencia del gran pintor piamontino Gaudenzio Ferrari (Vercelli, c.1475 -Milán d.1546), en especial en el uso para sus fondos de colores frios y oscuros, especialmente azules. Su obra alcanza una amplia difusión y se reparte por iglesias y residencias nobles de la zona, llegando incluso a la corte de Saboya. Gozó del patrocinio y la amistad de Margarita de Saboya, así como de otros miembros de la corte saboyana, tal como recogen diversos testimonios recogidos en su correspondencia de 1643.

Orsola Caccia. Naturaleza muerta. c1650, Col. particular

A pesar de la fama adquirida en su tiempo y de haber realizado más de un centenar de obras, el nombre de Orsola Caccia quedó durante mucho tiempo en el olvido hasta que alguna de sus obras se presentó en la exposición de bodegones italianos realizada en Nápoles en 1964. (G. Romano, Nature morte in Piemonte, 1964). A partir de ese momento se incrementaron los estudios y las investigaciones que han puesto de manifiesto la importancia del trabajo de Orsola Caccia a quien hoy se reconoce y se distingue por la calidad y amplitud de su obra y por su labor didáctica en el taller conventual. Entre las discípulas acogidas en el convento sobresalen las también hermanas Laura y Angélica Bottero, dos pintoras alemanas que realizan algunas obras de gran belleza. 

Orsola sobrevivió a todas sus hermanas y no dejó de pintar hasta su muerte, en el convento de Moncalvo, el 26 de julio de 1676 a los 80 años. 

Arriba: Sibila Persica y Sibila Tiburtina, c1650; 
Abajo: Sibila Líbica y Sibila Helespóntica, c1650
(Forman parte del conjunto de seis sibilas que conserva la Cassa di Risparmio di Asti.) 

En muchas iglesas piamontesas encontramos en la actualidad lienzos y retablos atribuidos a Orsola Caccia: en Chieri, en la iglesia de San Domenico (Sudario sostenido por ángeles), en la de San Paolo (Madonna del Rosario). y en la antesacristía de la catedral (Cristo con ángeles en el desierto); en Riva di Chieri (Turín) en el santuario de la Madonna della Fontana. Algunas pinturas del tesoro de la iglesia parroquial de Cuccaro (Alessandria)  se atribuyen a su hermana Francesca Caccia.
Sacra Sindone sorretta da Angeli. Igl. San Domenico. Cappella di S. Pietro Martire. Chieri.
Nacimiento de San Juan Bautista (c1635) Igl. Sant’Antonio di Padova. Moncalvo (Asti)

La escena de este "Nacimiento de San Juan Bautista", al igual que su "Nacimiento de la Virgen" del Museo Cívico de Pavía de la misma época, derivan de las narraciones populares de la vida de María. Este tipo de obras se solían encargar por y para mujeres y en ellas se representaban rituales y costumbres domésticas ligadas al momento delicado y peligroso del parto. Aquí, vemos a Santa Isabel sentada en la cama atendida por dos mujeres que le ofrecen huevos para su recuperación; mientras el bebé, San Juan Bautista, atendido por mujeres  en el centro de la pintura, dirige sus ojos hacia la Virgen María. En todos los rincones del lienzo aparecen objetos, animales, flores y frutos no como meros adornos sino como elementos de cotidianeidad y en parte por su simbolismo bíblico. En muchas de las obras de Orsola aparecen sobre todo personajes femeninos, quizás porque la vida en el convento no le permite otros modelos. 

A diferencia de su padre cuya pintura tiene un carácter más sobrio, el estilo de Orsola es más delicado, presta mucha atención a los detalles de las figuras: vestidos, joyas, peinados y toda clase de objetos. La incorporación de elementos de la naturaleza en las obras de Orsola también marcan la diferenciación con la obra paterna que se caracteriza por realizar un diseño "menos florido y más robusto", como dice el cronista Guglielmo Della Valle, en sus "Notizie degli artefici piemontesi" (1793-1794): 

«I loro quadri, non di molto inferiori a quelli del padre e maestro loro distinguonsi da alcuni fiori o da un angelletto per ischerzo dapiedi dipinto» ... «dal pennello del padre meno fiorito e più robusto nel disegno  e nell’espressione assai bene distinguonsi». 

Especialidad de la pintora fueron las naturalezas muertas, hasta el punto de que hoy se la considera introductora de este género en el Piamonte. Flores, frutos y a veces pequeños animales como pájaros, caracoles o algún insecto, constituyen una presencia casi constante en sus obras. El Museo cívico de Moncalvo (antiguo convento de las ursulinas), conserva tres bodegones de flores inspirados en grabados nórdicos que solían estar destinados a decorar las paredes de la institución. Se trata de composiciones de flores y frutos en las que se une el interés por la botánica con el orden y la verticalidad y con fondos azules que evocan la espiritualidad de la vida conventual.

Tres jarrones de flores con girasol, lirio y peonía. Museo Cívico de Moncalvo

La consideración de la obra de Orsola Maddalena Caccia ha crecido a medida que la investigación sobre la misma ha ido avanzando, lo que ha permitido en un primer momento distinguir sus obras de las de su padre para a continuación poder estudiar su evolución personal desde el aprendizaje inicial sujeto a las restricciones estilísticas de la escuela paterna hacia una mayor libertad en la elección de los temas y mayor seguridad en su ejecución. 

La subasta de una de sus obras más singulares, titulada "Bodegón de aves" que incluye diversos ejemplares de aves como un carbonero palustre, mosquitero, pinzón, herrerillos, dorso dorado, avefría y un carbonero común. puede darnos una idea de esa apreciación creciente pues su valor ha superado la cifra de 260.000$ .
Orsola Maddalena Caccia, Bodegón de aves, Sotheby's 



miércoles, 25 de enero de 2023

FRANCISCA DE ALMEIDA - PINTORA POR TRADICIÓN FAMILIAR (5)

Siguiendo la serie dedicada a las Pintoras por Tradición Familiar, que tienen en común el hecho de pertenecer a una familia artística, en general por tener un padre de quien han recibido el nombre y la tradición, o, como en este caso, también un hermano pintor de quien han aprendido el oficio, presentamos en esta quinta entrega a Francisca, hija del conocido miniaturista portugués José de Almeida Furtado. A pesar de no ser la única hija pintora de este artista, Francisca sobresale por méritos propios sobre sus hermanas, también dedicadas a la miniatura.

 
Autorretrato. Francisca de Almeida Furtado, 1865 MNAA (Lisboa)

Revisando la historia de la pintura ibérica, y en general europea, de la segunda mitad del S. XIX, encontramos muchas pintoras que participaron con sus obras en exposiciones y concursos públicos en los que a menudo fueron elogiadas por la crítica del momento. Sin embargo, en pocas ocasiones llegan a dar el salto a la fama perdurable que constituiría su entrada en la Historia oficial del Arte. Apenas encontramos pintoras en ese contexto, pues los historiadores las suelen dejar arrinconadas en catálogos y hemerotecas que las mencionan sin tener en cuenta que con sus logros y fracasos forman tambiėn parte de la historia de la pintura, para cuyo ejercicio tuvieron que vencer numerosas trabas y dificultades y a menudo recurrir a una gran fuerza de voluntad para superarlas.

Pero si no ser mencionadas constituye el principal problema para su visibilización, todavía peor es el hecho de que sean tomadas por hombres, lo que hace doblemente difícil su recuperación y consideración por la moderna Historia del Arte, en la que poco a poco se va incorporando una visión más amplia que las incluye.

La errónea identificación de una pintora atribuyéndola condición masculina no es un hecho aislado, así como la adjudicación de obras de pintoras a sus colegas masculinos. Es paradigmático el caso de la pintora que da título a este blog, cuyas obras fueron atribuidas a los grandes pintores del momento, por su gran calidad. La reversión de esas falsas atribuciones es una tarea inacabada a pesar de los recursos dedicados en los últimos tiempos para la reasignación a Sofonisba Anguissola de sus propias obras, pues subsisten ciertos sectores que se resisten a aceptar dichas recuperaciones.

Solo en el curso de las investigaciones que publico en este blog para dar a conocer historias de pintoras, he encontrado -sin buscarlos- casos de identificaciones erróneas: 

La pintora Emilia Carmena Monaldi, también conocida por su apellido de casada como Emilia Carmena de Prota (Madrid, 1823–1900), fue considerada durante muchas décadas en el Museo del Prado como Emilio Carmona de Rota, por un problema de transcripción de su firma. Hasta 2018 no se produjo su definitiva identificación, publicada en este blog.

Emilio Carmona de Rota. Antigua identificación del Museo del Prado

Tambiėn la pintora miniaturista Marcela de Valencia fue tomada por un hombre por el periodista y escritor, generalmente bien informado, Manuel Ossorio y Bernard, en su Galería Biográfica de Pintores Españoles del Siglo XIX.

"Valencia (D. Marcelo de )", M. Ossorio y Bernard, 
Galería Biográfica de Pintores Españoles del Siglo XIX.

A ellas se une ahora el caso de Francisca de Almeida Furtado, la pintora portuguesa a la que dedicamos esta entrada, que participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes española de 1881, apareciendo en el Catálogo Oficial con el nombre de "D. Francisco Almeida Furtado".
"Almeida Furtado, D.Francisco" en el Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes. 1881

El padre de Francisca, José de Almeida Furtado, "O Gata"  pintor miniaturista
Jose de Almeida Furtado, Autorretrato, 38x34cm. M.N. Grão Vasco

José de Almeida Furtado (1778-1831), conocido como “O Gata”, natural de Viseu, fue un pintor especializado en la realización de retratos en miniatura. Realizó sus primeros estudios artísticos en el Aula Pública de Dibujo de la ciudad de Oporto; a los 16 años se trasladó a la capital donde asistió a la Clase de Dibujo de la Casa Pía de Lisboa donde fue seleccionado para estudiar en la Real Aula de Dibujo de Figura y Arquitectura Civil (la Real Escuela). Tuvo como maestros a los pintores Eleuterio Manuel de Barros y José da Cunha Taborda

Al finalizar sus estudios, en 1804 regresó a Viseu donde se estableció como pintor participando activamente en el ambiente político y social que se vivía en la época. Debido a una enfermedad tuvieron que amputarle la pierna izquierda. Tras la primera invasión francesa, a finales de 1807, con 28 años, decidió trasladarse a Salamanca, donde pudo continuar su actividad de pintor y donde, en 1811, contrajo matrimonio con Maria Loreto Bentura Amezquita (1783-?). Los dos medallones con las miniaturas (5,2 x 3,2cms.) de la pareja que conserva el Museo Naciacional de Arte Antiga de Lisboa probablemente corresponden a la fecha de su matrimonio.

José de Almeida Furtado. Retrato de Mª Loreto Amezquita y Autorretrato (MN Arte Antiga)

En Salamanca nacieron cuatro de sus ocho hijos: Tadeus (1812), Maria das Dores (1814), José, y Francisco (1825); el resto nació en Viseu: Eugénia (1816), Rosa (1817), Francisca (1826) y Dorotea (1829). Con la excepción de Francisco, todos los hermanos fueron artistas siguiendo el camino de su padre.  
Árbol familiar (adaptado) tomado de "O Gata, José de Almeida Furtado", 
Coleções do Museu Grão Vasco (Viseu 2015) 

José de Almeida trabajó en Salamanca y Ciudad Rodrigo, ciudades donde decoró con óleo y témpera techos de salones de diversos palacios y realizó numerosos retratos entre los que cabe destacar el de D. Carlos M. Isidro de Borbón. Su fama como retratista le abrió el camino en 1818 a su nombramiento como profesor de la clase de miniatura en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy, creada por el gremio de orfebres de Salamanca. En 1825 realiza el Retrato del Gobernador militar de Ciudad Rodrigo (Felipe Freire?)

En 1826 regresa a Viseu, donde además de continuar su actividad de decoración pintando techos y murales de edificios, también se dedica a la miniatura, en especial para la realización de retratos. En 1828 pintó un gran lienzo al óleo del rey Miguel I de Portugal. Murió en Viseu cinco años después de su regreso, en 1831, en plena Guerra Civil portuguesa, cuando su hija menor tenía solo dos años y el mayor diecinueve, dejando tras de sí la huella de su maestría en sus hijos y una amplia obra dispersa.

Francisca de Almeida Furtado (1826-1918)
Francisca de Almeida Furtado, h.1865, M.N. Grão Vasco
 
Nacida el 4 de octubre de 1826, en Viseu, fue la séptima de los ocho hijos de José de Almeida Furtado y de la salmantina Mª Loreto Amezquita. Solamente tenía cinco años cuando murió su padre, y su madre, viuda, con sus ocho hijos, se fue a vivir a Oporto buscando mejores oportunidades. En el ambiente artístico de la familia el interés de Francisca por la pintura se inició tempranamente siguiendo la estela de sus hermanas mayores y fue creciendo hasta convertirse en alumna de su hermano Tadeus, que daba clases particulares de dibujo y pintura en su casa a varias damas de la aristocracia y más tarde en la Academia Portuense de Bellas Artes.
Maria das Dores Almeida. Autorretrato (MNAA) y Retrato de Tadeus Almeida (M.N. Grão Vasco)

Durante sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Oporto Francisca expuso en diversas ocasiones y en muestras colectivas de su ciudad, mostrando una excelente calidad técnica en sus obras, en su mayoría miniaturas, realizadas al temple sobre marfil. En la Exposición Internacional que tuvo lugar en el Palacio de Cristal de Oporto, en 1865, ganó la 1ª medalla con su autorretrato.

Gracias al apoyo del pintor Auguste Roquemont, amigo de su padre, fue invitada por la reina María II y D. Fernando de Saxe-Coburgo a realizar sus retratos y los de algunos miembros de la familia real, viajando para ello a Lisboa, donde permaneció una temporada hasta completar sus encargos. Desde entonces recibió numerosas peticiones para realizar los retratos de personajes de la época como el historiador Alexandre Herculano, lo que le valió el ser elogiada por el pintor Francisco José de Resende que la consideró la mejor miniaturista portuguesa de su tiempo. 

Poco se sabe de su vida personal aunque hemos de suponer, a la vista de su autorretrato, que estuvo casada ya que luce en su mano derecha una alianza matrimonial. Según los datos del Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes española de 1881, donde la pintora figura como 'D. Francisco'  presentó dos obras.  

Referencia del Catálogo de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881

Con el nº 18 figura la obra titulada "Lavandera. Costumbres de Villanueva de Goya" (sic), miniatura. Desconocemos el paradero de esta obra que lógicamente se refiere a la ciudad portuguesa de Vila Nova de Gaia. El error en el nombre de Francisca no debía estar solo en el Catálogo sino en la cartela de la propia Exposición, ya que en el Catálogo cómico-crítico de Vallejo y Serrano de la Pedrosa, realizado tras la visita a la misma, sigue figurando como obra de 'D. Francisco'.

La segunda obra, que figura con el nº 19, es el "Retrato del Conde de Samodães, en miniatura". El retrato del mismo personaje realizado en 1878, que hoy forma parte de las colecciones del Museu Nacional Soares dos Reis, es probablemente otra versión del que presentó a la exposición madrileña ya que tiene un tamaño menor (13,7 x 10,6 cm.)  que el que figura en el Catálogo (30 x 24 cms.).
  Retrato del Conde de Samodães, miniatura, 1878 (MN Soares dos Reis)

ALGUNOS DE SUS RETRATOS

           Señora, 1868 (MNAA)                       Su hermana Eugenia, h.1865 (MNAA)
Albertina Borges de Castro e seu filho, H.1875 (MNSR) Escultor Manuel da Fonseca Pinto, 1851(MNAA)

Tras su participación en la Exposición trienal de 1852 Francisca fue elegida Académica de Mérito por la Academia de Bellas Artes de Oporto junto con su hermana menor Doroteia, también miniaturista notable aunque con menos obra conocida que su hermana, integrándose ambas en la vida de dicha academia artística portuense, con el privilegio, raro en la época para una mujer, de poder asistir y participar en sus reuniones y Conferencias Generales. 
Izq. Francisca de Almeida Furtado. Retrato de su hermana menor Doroteia 
4,7 x 4 cm Tempera sobre marfil. M.N. Grão Vasco
Dcha. Doroteia de Almeida, Retrato de su hermano Tadeus, 4,3 x 4 cms. M.N. Grão Vasco. 

Poco después se incorporó a las clases de pintura histórica, impartidas por el pintor lisboeta António Manuel da Fonseca (1796-1890). A pesar de que fueron las miniaturas sobre placa de marfil las que la hicieron famosa, hacia el final de su vida se alejó de este género y utilizó soportes más grandes, que se aproximaban al formato del cuadro y tambien cultivó la técnica de la acuarela.
Francisca d'Almeida,“Natureza morta” 25,3 x 41 cms. (Acuarela), 1908

El grupo de hermanas luso-españolas Almeida-Amesquida, utilizaron los apellidos de su padre "Almeida Furtado" y continuaron su camino artístico dedicándose principalmente al retrato en miniatura desde mediados del siglo XIX. Todas las hermanas, entre las que destacó Francisca por la calidad de su obra, participaron en exposiciones nacionales y extranjeras y se incorporaron a las Academias oficiales de Bellas Artes, lo que muestra la fortaleza de la presencia femenina en la pintura portuguesa de la época, con unas características sociológicas similares a sus colegas hispanas.


sábado, 14 de mayo de 2022

HERMANAS VALDÉS - PINTORAS POR TRADICIÓN FAMILIAR (4)


R. Monasterio de San Clemente en Sevilla en el que profesó una de las hijas de Valdés Leal
 Detalle de la portada barroca con un azulejo del patrón.

La familia Valdés Carrasquilla estaba formada por el matrimonio del sevillano de origen portugués Juan [de Niça] Valdés Leal (1622-1690), maestro en el arte de pintar, y la cordobesa Isabel Carrasquilla y Morales, que se casaron en Córdoba en 1647. Alternaban sus trabajos entre Córdoba y Sevilla, ciudad esta última a donde se trasladaron definitivamente en 1656 donde Valdés Leal estableció su taller. 

Durante mucho tiempo se consideró a Valdés Leal como un pintor cordobés, hasta que su naturaleza fue aclarada gracias a la aparición de su partida de bautismo en la parroquia sevillana de San Esteban; labor de investigación realizada por Enrique Romero de Torres (1872-1956) conservador restaurador desde 1895 del Museo de Bellas Artes de Córdoba, hasta 1917 y director del mismo, hasta 1941. 

De Isabel Carrasquilla, que según los documentos se llamaba Isabel Martines de Morales, se decía que también era pintora, pero según Romero de Torres no podía tener tal formación ya que ni siquiera sabía firmar. Más plausible parece la información del escritor Teodomiro Ramirez de Arellano cuando dice que Valdés Leal "se casó siendo joven con doña Isabel Carrasquilla, pintora de afición". Del matrimonio nacieron cuatro hijas y un hijo que desde muy pequeños participaron en los trabajos del taller de su padre.

Además del hijo, Lucas Valdés (1661-1725), pintor, grabador y magnífico dibujante que, según Ceán, también tuvo formación en latinidad y matemáticas, que fue el heredero de la profesión y el taller de su padre; dos de sus hijas tuvieron un papel relevante en pintura tal como se recuerda en documentos de la época y  podemos constatar por alguna de sus obras. La hija mayor, Luisa Rafaela Valdés, (1654) fue conocida en el ámbito artístico sevillano como Luisa de Morales (utilizando el 2º apellido de su madre); y la cuarta, Mª de la Concepción Valdés, (1664) a quien también se conoce como María Valdés. Las otras dos hijas, Eugenia María, (1657) y Alfonsa María (1667) es probable que también colaboraran en el taller familiar, aunque no constan realizaciones concretas que se les puedan adjudicar, si bien Palomino las menciona como tales en el Parnaso Español Pintoresco y Laureado, de su Museo Pictórico y Escala Óptica, en las páginas referidas a Juan de Valdés Leal:

“Dexó, ademas del ya dicho don Lucas, dos hijas, la una doña Maria, que entró religiosa, y la otra doña Luisa, ambas condecoradas con la habilidad de la pintura, así en miniaturas, como á el olio; y especialmente en retratos, con gran felicidad”.

Las obras que salían del taller de Valdés Leal fueron muy estimadas en su tiempo, compartiendo con Murillo la admiración de los sevillanos por lo que la demanda contínua de obras hacía que toda la familia estuviera implicada en su ejecución.

En su biografía de Valdés Leal (1917) José Gestoso trata de reivindicar la figura del pintor que según él había ido adquiriendo en los últimos tiempos una mala fama que consideraba injusta y ello a pesar de que "...sus obras eran solicitadas con gran empeño, pruébanlo, precisamente, su número extraordinario, pues apenas si hubo iglesia, incluso la misma Catedral, convento, hermandad, o casa particular de persona rica, o siquiera acomodada, que no contase con alguna del admirado y fecundísimo maestro, que compartía con Murillo la supremacía de la pintura sevillana, al punto que, según Ceán, cuando aquél murió «quedó siendo el pintor más acreditado de la ciudad.» Y sin embargo de no dar abasto a los constantes encargos para cuyo cumplimiento, en varias ocasiones, hubo de ayudarle su hijo Lucas, que desde la edad de diez años manejaba los lápices con notable aptitud". 

Quizás por tan abundante número de encargos realizados no se explica el biógrafo la penuria en la que vivió y piensa que su "situación económica debió ser hija de la falta de orden, acaso del despilfarro, tan común y corriente en los artistas".

LAS HIJAS PINTORAS

Luisa Rafaela Morales (1654 - 1692) 

La hija mayor de los Valdés Carrasquilla a quien se conocía en el ámbito artístico como Luisa Morales, colaboraba habitualmente en el taller de su padre donde no faltaba el trabajo. Es considerada como una destacada pintora, miniaturista y grabadora. Luisa se casó en 1672 con el escultor e imaginero Felipe Martínez (1651-h.1700), de quien tuvo una hija llamada Catalina Sicilia (1673), pero en la documentación conservada de los años siguientes en la parroquia de San Andrés de Sevilla aparece ella sola viviendo en la casa familiar y no se menciona ni a su marido ni a su hija, hecho que parece confirmar la información de la separación del matrimonio y su posible anulación en 1675.

Luisa Morales, al igual que su hermano Lucas, colaboró como dibujante en la edición del Libro conmemorativo de la canonización de Fernando III, de Fernando de la Torre Farfán (1609-1677), que tuvo lugar en 1671, titulado Fiestas de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla al nuevo culto del Señor Rey S. Fernando el Tercero de Castilla y León. 

La ilustración de la obra entre 1671 y 1672 corrió a cargo de artistas renombrados como Murillo, Francisco de Herrera o el propio Valdés Leal que reprodujo en un gran dibujo el monumento conmemorativo de la catedral de Sevilla. La firma de Luisa y su datación aparece en dos páginas con cuatro emblemas grabados en cada una, la que contiene los emblemas del 5 al 8; y la de los números 13 al 16.
    Emblema 8: SALIENS IN VITAM ETERNAM,        Emblema 16: LVPVS, ET AGNVS PASCENTVR SIMVL
 Firmados: Dª Luisa Morales / F.1671

Realizó también Luisa Morales una lámina con seis jeroglíficos que firma en 1672. De ellos el que se encuentra en la parte superior derecha resulta singular por su iconografía que lo relaciona con una de las Postrimerías realizadas por su padre por encargo de Juan de Mañara. Es el que bajo el título "El peso eterno de la gloria" inscrito en una filacteria, reproduce una mano sosteniendo una balanza cuyos platillos soportan una espada "para los enemigos" y una corona "para sí".
Segundo Jeroglífico de una lámina de 6, firmada al pie: Dª Luisa Morales / F. Aº1672

En ese mismo tiempo, con tan solo dieciséis años también se ocupó de la policromía y el estofado de la figura de San Fernando que se encuentra en la Sacristía la Catedral de Sevilla, realizada por Pedro Roldán, quien solía colaborar con Valdés Leal. Un texto que se conserva en la catedral cuenta la historia del milagro de curación de unas fiebres que Luisa padecía, mientras realizaba el trabajo:

       “Luisa Rafaela, hija de Juan de Valdés y de doña Isabel de Carrasquilla, su legítima mujer, como estuviese enferma cuando vino a Sevilla la Bula de Beatificación de San Fernando, año 1671, y hubiesen encomendado a Juan de Valdés la disposición de altares, pinturas, estofados y obeliscos de la catedral y hallándose Juan de Valdés agobiado por tanto trabajo, quedándose por estofar el Santo Rey, que había de ponerse al culto y veneración pública hecho por Pedro Roldán, y como empeorase Luisa de Valdés, imploró el auxilio de San Fernando y tomando el pincel con gran fe cuando le subía la fiebre, quedo de súbito completamente curada”. 
Pedro Roldán. S. Fernando, Sacristía catedral de Sevilla
Policromada y estofada por Luisa Morales h.1672


Mª de la Concepción Valdés (1664 - 1730)

Es Ceán Bermúdez quien nos informa de que la cuarta hija de Valdés, Mª de la Concepción, a pesar de que se inclinó por la vida religiosa ingresando en la orden del Cister en el Monasterio de San Clemente de Sevilla, “pintó muy bien al óleo y de miniatura, e hizo retratos con facilidad y semejanza” e informa de su fallecimiento en 1730. 


María de la Concepción tomó el hábito de novicia en 1681. A pesar de que cuando entró solamente tenía dieciséis años, la formación que había adquirido en el taller de su padre, le permitió seguir realizando obras en el convento. Suponemos que al igual que sus hermanos desarrolló su destreza siendo una niña. 

Para cumplir con las obligaciones de dotar a la joven novicia su padre hubo de comprometerse a realizar una serie de trabajos artísticos para el convento. Según cuenta Rosario Marchena en un artículo dedicado a las cartas de profesión de las monjas de San Clemente (Laboratorio de Arte 28 - 2016) "La trayectoria de María en el monasterio está íntimamente relacionada con la artística de su padre. Éste en 1680, dio carta de pago por los trabajos de dorado y pintura del retablo mayor del monasterio y poco después, el 20 de abril de 1681, ella tomó el hábito. El padre, coincidiendo con la profesión de su hija (18-V-1682), contrató las pinturas de muros y bóvedas del convento que habrían de servir como pago de la dote de María. Como la empresa se prolongara mucho por otros trabajos del maestro y por su mala salud, Lucas Valdés se comprometió en 1689 a terminarla haciéndose cargo de esta forma del cumplimiento de la dote de su hermana."

En el interior de la iglesia del Monasterio, las paredes se cubren con pinturas murales al temple, algunas de ellas obra de Lucas Valdés, de carácter geométrico y vegetal además de cuatro grandes pinturas del mismo en la parte alta de esos muros representando Episodios de la vida de San Clemente, siguiendo los dibujos de su padre. Juan de Valdés Leal, realizó sobre el muro del coro La entrada de San Fernando en Sevilla, fechada hacia 1683.

La imagen de Santa Gertrudis de Hefta de María Valdés

Santa Gertrudis. María Valdés (Atribuído) Mº S.Clemente Sevilla

La principal obra que se le atribuye, realizada ya en el Monasterio de San Clemente, es la imagen de una monja, vestida de negro, con un báculo abacial en su mano derecha. Muestra en su pecho un corazón, que sujeta con su ensortijada mano izquierda, con un niño Jesús en su interior. Se trata de Gertrudis de Helfta, (1256-1302) también denominada "La Magna". La iconografía responde a su historia personal recogida entre otros por Antonio Rubial (Cistercium, 2012) que cuenta cómo "en una de las visiones, Cristo le concedió siete promesas para los devotos que pidiesen intercesión de la santa. Como confirmación, Cristo mete la mano de Gertrudis en su corazón, y al sacarla le aparecieron siete anillos: en cada dedo uno y en el de la sortija tres”.

Gertrudis la Magna, venerada como santa a pesar de que nunca fue canonizada, tuvo fama de escritora, como Santa Teresa y la difusión de su culto en la Edad Moderna estuvo asociada con la publicación de su autobiografía y de sus escritos en la Cartuja de Colonia en 1536. Fue utilizada en el periodo de la Contrarreforma por su origen alemán, como bandera en la lucha del catolicismo contra los protestantes. A pesar de que suele ser representada con el atributo del báculo, nunca fue abadesa, la confusión se produce por la coincidencia de su nombre con la auténtica abadesa del monasterio su contemporánea Gertrudis de Hackeborn (m. 1292). La devoción a Santa Gertrudis traspasó el mundo ibérico siendo su culto muy difundido en América donde, en el periodo virreinal, fue objeto de múltiples representaciones en pintura y escultura. 

En un artículo sobre la iconografía de la Santa en Nueva España, A.Rubial y D.Bieñko (UNAM) informan que el jerónimo fray Diego de Yepes, confesor de Felipe II, se tenía a sí mismo por autor intelectual de su primera representación en España: "El primero que en España se hizo, yo le mandé sacar en Madrid de otro de una religiosa de su hábito que estaba en el guardajoyas de su Magestad, y salió la más hermosa figura que se ha hecho en España: y para diferenciarla del original, púsele un Niño Jesús en el corazón y un rótulo que dice lo que nuestro Señor le dijo: "Invenies me in corde Gertrudis", y siete anillos en su mano derecha...,"

En el Monasterio de San Clemente además de una representación de la santa realizada por Pacheco, se conservan dos retablos dedicados a ella. En uno vemos en el panel central, a Santa Gertrudis escribiendo las revelaciones, obra realizada precisamente por Lucas Valdés, mientras el otro es un retablo barroco “desmontable”, con varios fanales con escenas de la vida de Santa Gertrudis en miniatura que se encuentra junto al púlpito, en el lado de la epístola, fechable en los últimos años del siglo XVII.
Lucas Valdés. Santa Gertrudis la Magna recibiendo las revelaciones. 
R. Mº de San Clemente. Sevilla

Imagen de uno de los fanales del Retablo Desmontable. 
R.Mº.de San Clemente. Sevilla

El convento de San Clemente en Sevilla, que fue fundado en 1248 por Fernando III el Santo dedicado al pontífice Clemente I, para por la Orden monástica del Císter femenino, atesora en sus diversas dependencias un vasto conjunto artístico de gran importancia en el que se integra un importante número de obras de artistas de la familia Valdés Carrasquilla por haber formado parte de las obligaciones concertadas por el pintor Juan Valdés Leal en concepto de dote por la entrada en el mismo de su hija Mª de la Concepción Valdés. Esta presencia singular nos permite hacer un recorrido por su historia, sus componentes, su estilo y su época. 

Sorolla en el compás del Convento de San Clemente. Sevilla, 1914


OTRAS PINTORAS POR TRADICIÓN FAMILIAR