martes, 30 de octubre de 2012

LA PALA BAGLIONI - CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

LA  PALA  BAGLIONI
(Del Cuaderno Recuperado)
"TRANSPORTE DEL CRISTO MUERTO" 
(PALA BAGLIONI – DESCENDIMIENTO BORGHESE)"
Es una pintura al óleo sobre tabla de Rafael (184 x 176 cm.) que formaba parte de un Retablo realizado en 1507 para la Iglesia de San Francisco en Perugia, en donde permaneció durante 101 años. En la actualidad se conserva en la Galleria Borghese de Roma.
En la obra aparece la firma y la fecha: “RAPHAEL URBINAS MDVII”. 

Aunque puede decirse que sus mayores éxitos los obtuvo en Florencia y Roma, Rafael nunca perdió las relaciones con la rica Perugia, ciudad en la que había aprendido y triunfado como joven estrella en los primeros años del 1500 y donde recibía encargos para realizar Palas de Altar (Retablos), ensombreciendo el arte de su maestro Perugino que le había precedido en el favor de la gente. 
Con “La Coronación de la Virgen”, encargada por Leandra Oddi entre 1503-1504, Rafael había demostrado la madurez de su pintura en la que incorporaba dos querubines escondidos tras los mantos de Cristo y de María, una brillante novedad, que se iba a convertir en un sello de la iconografía religiosa del artista.

En ese mismo tiempo realiza también “Los desposorios de la Virgen” obra que le encarga la rica familia Albizzini de Città di Castello que debe seguir el modelo que previamente había realizado su  maestro Perugino, que se encontraba expuesto en el Duomo de Perugia. 



Esta “competición” fue ganada por el joven Rafael que, a sus 20 años, tiene la sabiduría de incorporar a la estructura básica del cuadro de Perugino, movimiento, perspectiva, el aire que circula entre los personajes, profundidad y sentimiento, por no hablar del aspecto arquitectónico y de la  modernidad del conjunto. 
Después de estos antecedentes no es de extrañar que le llegara un encargo importantísimo cuando ya se había trasladado a Florencia. Se trataba, como en otras ocasiones, de una mujer que conmovida por la ternura de su arte, le encarga una obra decisiva. La mujer, Atalanta Baglioni, iba a convertirse, gracias a Rafael, en símbolo de la crueldad de la sociedad renacentista italiana.


La historia
En el verano de 1500, la familia Baglioni se preparaba para celebrar el matrimonio de uno de los primos de Grifonetto, Astorre, con una hermosa y noble romana, Lavinia Colonna, quien el 28 de junio llegaba a la ciudad con un vestido dorado con mangas de seda y adornada de riquísimas perlas. Su prometido, Astorre fue a su encuentro también vestido de oro, seguido de toda la ciudad que quería celebrar aquel matrimonio como un evento real.
Las calles recorridas por el cortejo nupcial estaban cubiertas con flores frescas, lirios, rosas y flores de mirto que formaban arcos de triunfo para celebrar al estilo clásico la boda. No se escatimó ningún esfuerzo ni dinero para celebrar el festejo. Incluso los edificios fueron restaurados para que los huéspedes de Roma no pudieran quejarse de la recepción dada por la ciudad a una de las jóvenes más nobles de Roma.

Cada barrio compitió por festejar a la pareja organizando grandes festines; pero a pesar de la felicidad reinante, la naturaleza quiso de pronto anunciar un trágico epílogo de las celebraciones, desencadenando la noche de la llegada de Lavinia a Perugia una tempestad aterradora. Cuando cayó la noche, un intenso granizo comenzó a destruir las alfombras de lirios y rosas y a esparcirlos por la ciudad, abatiendo las guirnaldas, los arcos de frutas, y todos los adornos que engalanaban las calles y que debían hacer único aquel acontecimiento. 


A la mañana siguiente toda la ciudad se dedicó a intentar borrar los daños, y todo fue más o menos repuesto para que la fiesta pudiera continuar en los días sucesivos. Sin embargo, viendo en aquella tormenta un indicio de infortunio, alguno de los Baglioni fue a consultar a la Beata Columba, una monja tenida por santa que vivía recluida en un convento extramuros de la ciudad. Su respuesta fue escalofriante, Columba contó que había visto al novio, Astorre crucificado con el cuerpo en llamas, pero los festejos continuaron como estaba previsto hasta principios de julio. 



Cuando los invitados comenzaron a abandonar la ciudad, Astorre pensó que había llegado el momento de disfrutar de su Lavinia en un palacio prestado para la ocasión por el primo Grifonetto, pues el suyo se encontraba todavía en construcción. Las casas de la familia estaban todas muy cerca, los tejados se tocaban y se podía pasar de una a otra de un solo salto.  Los Baglioni eran demasiado poderosos en Perugia para pensar que tenían que poner guardias en las puertas. Por desgracia nadie pensaba que las amenazas podían proceder del interior de la propia familia. 

Grifonetto, el hijo de Atalanta, era el heredero del principal caudillo familiar y por esa razón Bracio Baglioni y un grupo de conjurados no tuvieron que esforzarse mucho para convencerlo de que la jefatura de la familia le correspondía a él.  El muchacho, sin embargo, era demasiado feliz para desarrollar un verdadero odio hacia Astorre y los otros primos que lo tenían en alta estima, por ello los conjurados insuflaron en el alma de Grifonetto  el veneno devastador de la sospecha, haciéndole creer que su bellísima esposa Zenobia tenía una relación con Gian Paolo, hermano de Astorre, el  feliz novio de aquellos días. De esta forma Grifonetto cedió a la infame trama y aceptó unirse a los parientes que querían sustituir a Astorre, a sus hermanos y a su padre Guido. 

Los conjurados al mando del tío de Griffonetto, llamado Filippo, esperaron a que los últimos huéspedes se alejaran de la ciudad e irrumpieron con las armas en el Palacio de Astorre y en las otras casas donde dormían indefensos sus hermanos y primos. A medianoche la puerta de la cámara nupcial de Astorre fue abatida y el joven arrastrado desnudo fuera del lecho y asesinado delante de los ojos horrorizados de Lavinia su joven esposa. Filippo abrió de una cuchillada el pecho de Astorre, le arrancó el corazón todavía latiendo y lo despedazó, dejando petrificados a los desventurados que tuvieron la desgracia de asistir a la escena más repugnante jamás consumada en suelo italiano.  El cuerpo del joven fue arrastrado a la calle y la masacre continuó por las casas. Sin embargo Gian Paolo logró escapar saltando por los tejados, y salió de la ciudad con la determinación de reconquistarla lo antes posible.


La conjura había triunfado sólo a medias, el pueblo de Perugia amaneció con a la apocalíptica visión de los cuerpos de los Baglioni masacrados y arrastrados por las calles, pero no se produjo júbilo alguno por el asesinato de aquellos a los que en vano se acusaba de tiranos, y pronto quedó claro para todos que Gian Paolo volvería a la ciudad,  la reconquistaría y daría castigo a los traidores. 


Atalanta fue la primera en comprender lo que había sucedido y lo que se avecinaba, tomó con ella a su nuera Zenobia, a los hijos y nietos de los parientes asesinados y a los familiares que sobrevivieron y se encerró en la casa fortaleza de su padre, en colina más alta y mejor defendida de la ciudad. También Grifonetto se dio cuenta de la barbaridad de su acción y de su debilidad y pensó en el perdón de su madre y corrió llorando a llamar a la puerta de la casa en la que ella se había encerrado. 


Atalanta fue inflexible. Ni siquiera le permitió hablar con su mujer, Zenobia, y le maldijo por lo que había hecho.Los golpes en la maciza puerta de madera sonaron en vano bajo la mirada de los vecinos que espiaban detrás del muro viendo a Grifonetto, que lloraba arrodillado ante la puerta de su madre. Finalmente el muchacho se detuvo y gritó a la madre: "¡Nunca jamás volveré a ti, y aunque me quieras hablar alguna vez, ya no podrás, Madre cruel que te pones  en contra de tu desgraciado hijo Grifonetto!".


Justo cuando se marchaba de la casa de su madre y descendía las empedradas y desiertas calles de Perugia, Grifonetto, aturdido por su propia culpa, se tropieza con su primo Gian Paolo, que entretanto ya había retomado la ciudad. Incapaz de creer en la plena culpabilidad del muchacho Gian Paolo le habló con palabras de desprecio, condenándolo al exilio. 

Pero un joven de su séquito golpeó de muerte a Grifonetto dejándolo agonizante en aquella calle, pocos días antes cubierta de flores y ahora empapada con la sangre de los mejores jóvenes de la ciudad.

Los gritos de Atalanta, que llegó con su nuera Zenobia, pusieron en fuga a los que querían rematar su obra.  Atalanta abraza al hijo moribundo por el que había sacrificado su vida. Los que estaban presentes tuvieron ocasión de oír sus palabras: “Hijo mío, aquí está tu madre que te querría hablar y ya no podrá hacerlo, como tú dijiste”

Antes de que el hijo expirase Atalanta tuvo tiempo de perdonarle. Pero a su vez le pidió que perdonara a sus asesinos, con la esperanza de poner fin a aquella gangrena que estaba exterminando a su propia familia. Grifonetto, antes de morir tocó la mano de su madre en signo de asentimiento; las dos mujeres recogieron el cuerpo destrozado para llevarlo a casa y consolarse al menos con las honras fúnebres.  El transporte del cuerpo de Grifonetto y el suplicio de Atalanta fueron tan conmovedores que en Perugia se recuerdan como los pasos de procesión representando la Pasión de Cristo en Semana Santa. 

Pocos años después de aquellos hechos, y para su propio consuelo, Atalanta quiso recordarlos en una pintura destinada a la capilla de la familia, dedicada a San Mateo, en la iglesia de San Francisco del Prado en Perugia. Naturalmente el tema elegido no podía ser otro que la Lamentación por el Cristo muerto, que desde siempre ha sido la expresión del suplicio materno frente a la muerte antinatural de un hijo querido, y el autor no podía ser otro que Rafael de Urbino, considerado ya por entonces el mejor  pintor de la Italia central. Además, Rafael vivió en Perugia en los años de la matanza, y probablemente asistió tanto a las bodas como a su trágico epílogo. En todo caso estaba bien informado del suceso más importante ocurrido en la ciudad en los últimos años.

La obra

En la pintura, ejecutada poco antes de 1508 (año que figura en una carta de  Rafael reclamando el pago de la  "Madonna Atalanta"), el tema se ajusta con profunda sabiduría al drama que debía evocar.

El principal elemento que relaciona la pintura con la tragedia de las "Bodas de sangre", como en seguida fue denominada la matanza de los Baglioni, es la presencia en primer plano del joven que sostiene los extremos del lienzo del que sobresalen las piernas del Cristo muerto. El cabello, levantado por el viento, deja ver el perfil  de un hombre que representa al joven aristócrata que se erige en protagonista absoluto del grupo que realiza el transporte. 




A la espalda del joven, la Virgen se desmaya entre los brazos de una mujer que la sostiene a duras penas. Para dar énfasis al desmayo, Rafael se vale de la torsión de la chica arrodillada, adaptando la imagen ya célebre de la pintura de Miguel Ángel en el Tondo de la Sagrada Familia que realizó para el matrimonio  Doni, que había tenido tiempo de observar con detalle mientras trabajaba en los retratos de Agnolo Doni y su mujer Magdalena, que se encontraba colgada en la casa del banquero. 

La admiración hacia Miguel Ángel se traduce en este homenaje y al mismo tiempo ayuda a Rafael a resaltar el aspecto que más valoraba y que oprimía el corazón de quien le había encargado la pintura: el insoportable dolor de la madre al ver el cuerpo muerto del hijo, dolor que le provoca la pérdida de conocimiento. 

En el resto,  la pintura muestra el dominio de la composición ya alcanzado por Rafael en su periodo florentino: El cielo, las montañas, hasta las hierbas pintadas en primer plano revelan el gusto flamenco que solicitaban los clientes de Perugia, pero la disposición de las figuras ya es completamente florentina, con la solemnidad y la espacialidad que había aprendido de los grandes pintores venecianos.   

La “Pala” encargada por la doliente Atalanta llegará a ser tan célebre en toda Italia que un siglo después, en 1608, el cardenal Escipione Borghese la hará sustraer de la iglesia para la que fue realizada con la complicidad del sacerdote, prometiendo a los ciudadanos enfurecidos que la sustituiría por una copia realizada por uno de los principales pintores de la época, Cavalier d’Arpino.


Además del lienzo principal, la Pala esta compuesta por otros elementos:

La Predela compuesta por tres tablillas que representan las virtudes teologales, Fe, Esperanza y  Caridad, permaneció en la iglesia de Perugia de donde fue robada por el ejército napoleónico en 1797.  En 1816 volvió a  Roma, pero  fue dejada en los Museos del Vaticano. 


El friso con ángeles y grifos se encuentra en  Perugia. Galería Nacional de Umbría


La pintura que culminaba el Retablo: “El creador entre Ángeles” atribuida a Domenico Alfani, amigo y colaborador de Rafael, se encuentra en  Perugia. Galería Nacional de Umbría


La estructura del Retablo con sus diversos componentes tendría una imagen como esta:


Este artículo forma parte del "Cuaderno Recuperado" y fue escrita en Madrid el 16.11.2008. 
La historia de Atalanta y  Grifonetto es una  traducción libre del relato que recoge Antonio Forcellino en su libro: “Raffaello. Una vita felice”
Grifo del escudo de Perugia




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