martes, 29 de octubre de 2013

INOCENCIO X DE VELÁZQUEZ VUELVE A CASA

Hace poco comentábamos en este blog la "curiosidad" de ver en el Prado las pequeñas Meninas de Martínez del Mazo con ocasión de la Exposición Velázquez y la Familia de Felipe IV

Siguiendo en esa misma Exposición, en esta ocasión el interés se centra en una auténtica joya de la pintura que es una copia realizada por el propio Velázquez del retrato de Giovanni Battista Pamphilj, elegido papa en 1644 con el nombre de Inocencio X.

Detalle de Inocencio X 

Diego de Silva Velázquez  realizó su segundo viaje de a Italia (1649-1651) con el objeto de adquirir pinturas y esculturas para la decoración del Alcázar de Madrid. Durante su estancia tuvo la oportunidad de pintar el retrato del papa, para lo cual consiguió el raro privilegio de que el pontífice posara para él en agosto de 1650

El retrato original se encuentra en la Galería Doria Pamphilj de Roma y se ha venido considerando uno de los mejores retratos de la historia de la pintura. Se cuenta que Inocencio X al ver el retrato terminado exclamó: “troppo vero!” (¡Demasiado verdadero!).

Velázquez firma el retrato en el papel que el Papa sujeta en su mano:
«Alla Santa di Nro Sigre  Innocencio Xº 
 Per Diego de Silva Velázquez 
dela Camera di S. Mta Cattca».  

La posición sedente del retratado está inspirada en la utilizada por Rafael cincuenta años antes en el retrato de Julio II. Como sabemos Rafael consigue mediante la posición y la gestualidad dotar de una apariencia humilde y pacífica a Julio II a fin de contrarrestar su fama de papa "guerrero"; Velázquez por su parte, consigue transmitir la personalidad y la fuerza del retratado a través de la dura y fría mirada que dirige a quien le observa.


Julio II Rafael 1511 National Gallery Londres  / Inocencio X Velázquez 1650. Galeria Doria Pamphilij Roma

A diferencia del fondo verde que utiliza Rafael para equilibrar los rojos y blancos de la vestidura papal, Velázquez se atreve con una arriesgada combinación de tonos rojos al introducir un fondo de cortinas de dicho color, el tapizado en terciopelo carmesí del sillón, completando la gama con los distintos rojos brillantes de la esclavina o muceta de seda y el camauro. Curioso observar las livianas vestiduras de verano del Inocencio X -ya que fue pintado en agosto-, frente a las mismas prendas de más abrigo, en terciopelo rojo con forro de armiño, que luce Julio II. 
   
El retrato de la exposición del Prado

El retrato que podemos ver en la actual exposición del Prado pertenece a la colección Wellington de Apsley House. Se trata de una copia realizada por el propio Velázquez y que mantuvo en su poder hasta su muerte ya que figuraba en su testamento.

Inocencio X Velázquez 1650 Apsley House

Se diferencia del original principalmente en el tamaño ya que limita la figura al medio cuerpo y presenta un fondo neutro sin detalle alguno de decoración. Además las calidades de la vestidura, poco tienen que ver con el retrato original. La obra ha sido objeto de muchas discusiones en cuanto a su autoría y fecha de realización, aunque parece haber consenso en que la parte principal del retrato, que es el rostro del pontífice, mantiene las mismas características pictóricas y en especial muestra la profundidad psicológica del original y es considerada como obra de Velázquez (E. Harris; J. Lopez-Rey y otros).

Otra copia contemporánea de gran interés es la realizada por el pintor de Cremona Pietro Martire Neri, amigo y colaborador de Velázquez durante su segunda estancia en Roma, que actualmente puede verse en El Escorial


En este caso el Papa, acompañado por un secretario, aparece en la misma posición que en la obra velazqueña aunque de cuerpo entero, lo que nos permite ver su vestimenta completa, hasta los rojos zapatos. Algunos especialistas han considerado que esta versión no solo fue pintada teniendo la obra de Veláquez a la a la vista sino que pudo realizarse al mismo tiempo y en la misma estancia del Vaticano en que lo pintó el maestro español, por lo que mostraría el ambiente que rodeó la ejecución de la obra de Velázquez, lo que aportaría un especial interés a esta obra. 


El Papa Inocencio X con un secretario, Pietro Martire Neri, Mrio. del Escorial



¿Cómo llega la copia de Velázquez a la colección Wellington en Apsley House?

Como hemos comentado, a la muerte de Veláquez la copia del retrato de Inocencio X era de su propiedad, como queda documentado en su testamento. Se sabe que posteriormente pasó a manos del Marqués de la Ensenada quien en 1769 lo vendió al rey Carlos III. Por ello en 1772 figuraba en los inventarios del Palacio Real, primero en la Pieza del Oratorio y luego en la Sala Antigua del Consejo de Estado. A partir de 1810 se abre un paréntesis en la historia del cuadro que se cierra en 1816 en que volvemos a encontrarlo en la residencia londinense de sir Arthur Wellesley, Duque de Wellingtonformando parte de su colección española.

Lo que ocurrió en ese paréntesis es una triste historia de saqueo generalizado llevado a cabo tras la invasión de España por las tropas napoleónicas y bajo la monarquía de José Bonaparte. Unos y otros sometieron a las instituciones españolas, palacios, iglesias, academias de Bellas Artes, etc. a la mayor rapiña de objetos artísticos que ha conocido nuestra historia, entre los que la pintura era uno de los valores más codiciados.

Para seguir la pista de nuestro retrato nos centraremos en un episodio concreto del final de la guerra que tiene que ver con el equipaje que el rey José Bonaparte preparó con ocasión de su huida tras cinco años de gobierno intruso en España.

Con ese título, "El equipaje del rey José" (1875), Benito Pérez Galdós cuenta el final de la guerra de la independencia tras la Batalla de Vitoria. La lucha tuvo lugar en la llanada alavesa el 21 de junio de 1813 entre las tropas de José Bonaparte en franca huida y un conglomerado luso-anglo-español con el General Francisco da Silveira Pinto da Fonseca Teixeira, conde de Amarante al frente de las tropas portuguesas; el general Miguel-Ricardo de Álava y Esquivel, al mando de las tropas españolas regulares y guerrilleros y todas ellas al mando de sir Arthur Wellesley, en esa época marqués de Wellington.

General Silveira y General Álava

Las tropas francesas tenían la misión de custodiar la retirada del convoy formado por más de 2.000 carruajes que se extendían a lo largo de casi 20 km. que avanzaban despacio por las necesidades de intendencia, en el que se transportaba buena parte de los bienes acumulados en los años de gobierno francés. Su intención no era entrar en batalla por lo que ante el ataque del ejército aliado, no se encuentran preparados y tienen que improvisar su defensa pero a la vista de la inminente derrota, huyen abandonando la caravana a su suerte, sabiendo que ante tal botín las tropas aliadas no continuarían su persecución.

Apresamiento de un carruaje en la batalla de Vitoria

Una buena parte de las riquezas cayó en manos de las tropas que saquearon todo lo que de valor fueron encontrando pero una parte selecta del botín terminó en manos del gran héroe de la jornada, Wellington. Se trataba del tesoro que guardaba la carroza del propio José de Bonaparte con más de 200 pinturas desmontadas de sus marcos y enrolladas, además de un gran número de dibujos y grabados; eran obras de pequeño y mediano formato que el propio rey había seleccionado de la colección de la corona española, que fueron remitidas rápidamente a Inglaterra sin llegar siquiera  a desembalar los bártulos.

Una vez llegado a Londres el botín, el hermano de Wellington, lord Maryborough, le escribe el 9 de febrero de 1814:
   "He abierto los paquetes tomados en Vitoria y los he enviado a su casa para que fueran  cuidadosamente examinados, habiendo encontrado que contienen una colección de pinturas como usted no puede concebir... Le envío un catálogo de 165 de las pinturas más valiosas."  

Con el catálogo le enviaba una memoria de C. Bagot, para darle idea del valor de la colección, aunque creía que se había quedado corto. La lista la componían cuadros de Juan de Flandes, Teniers, Brueghel, Van Dyck, Rubens, Tiziano, Guido Reni, Corregio, Ribera, Claudio Coello, Mengs, Murillo, Velázquez... Además de los consignados en la lista, el experto Juan José Luna, calcula que el botín lo componían entre 225 y 300 obras (Catálogo de la exposición "Wellington en España" Madrid, 1988).

Cuando Wellington vuelve a Inglaterra trata de resolver la situación comprometida que le causa la posesión de esta inmensa riqueza en pinturas. El magnífico trato que había recibido de España, con la concesión del Toisón de oro, un ducado con Grandeza de España, la propiedad de fincas en Andalucía, que en la actualidad se mantienen en su familia, además de otros muchos regalos, no podía ser respondido con la apropiación unilateral de semejante colección.  

En marzo de 1814 escribe a otro de sus hermanos, sir Henry Wellesley, barón Cowley, que era embajador en Madrid, informándole de las obras incautadas, aunque señala:
"En la ligera mirada que les eché no me pareció que hubiese nada de particular entre estos" 
Y le encarga que comunique a Fernando VII que tenía los cuadros, solicitándole que envíe a alguien para identificar los que pudieran pertenecer a la colección real y manifestando su intención de devolverlos... pero se dice que no obtuvo respuesta.

Dos años después vuelve a hacer otro intento, el 29 de septiembre de 1816 se dirige al conde de Fernán Núñez, embajador español en Londres, poniéndole al corriente de la situación y enviándole las listas de los cuadros. Éste, tras una gestión con Madrid, el 29 de noviembre le contesta: 


   "Excmo. Señor, Estimado Duque y amigo: Le he acompañado la contestación oficial que he recibido de la Corte y de la misma deduzco que su Majestad, emocionado por su delicadeza, no desea privarle a usted de aquello que llegó a su poder por medios tan justos como honorables. Tal es mi opinión del caso, y así creo que debe dejar el asunto estar como está y no referirse a él más... Su devoto amigo y cariñoso primo que le saluda. – Fernán Nuñez”.

No conocemos el contenido de la "contestación oficial" pero no debía ser tan clara ya que el duque de Fernán Nuñez tiene que "deducir" el sentido de la misma, añadiendo que se trata de su "opinión"; lo que sí sabemos es que el duque de Wellington no dudó en aceptar tan magnánimo y generoso regalo y enseguida colgó las pinturas en su residencia, el palacio de Apsley House en Londres donde buena parte de ellas se encuentran en la actualidad.

Cuesta trabajo aceptar la simpleza de esta historia como causa de la pérdida de este conjunto de obras para el patrimonio español.

Apsley House 

La correspondencia sobre la devolución de los cuadros se incluyó en el Catálogo histórico de la Colección Wellington (Londres, 1901), "para combatir la opinión española de que los cuadros capturados en Vitoria fueron considerados por el Duque de Wellington como despojos de guerra y retenidos como tales». La información también puede consultarse el catálogo actual, en la página web del museo.

Una anécdota para terminar 

Cuenta Mesonero Romanos que en agosto de 1812, estando Wellington en Madrid le aconsejaron que Goya le pintara un retrato para el que posó una hora justa. Una vez finalizado parece que al inglés no le gustó y pidió al pintor hacer algunos cambios, lo que Goya consideró como un insulto; se dice que el tono de la discusión se elevó tanto que el duque llegó a sacar su espada y el pintor una pistola. Al cabo de unos días hicieron las paces y el pintor pudo terminar el retrato que en la actualidad se encuentra en la National Gallery de Londres. De todos modos a Wellington siguió sin gustarle y nunca lo colgó en su palacio.

Goya, Retrato de Wellington,  National Gallery. Londres  


Goya volvió a intentarlo poco tiempo después pero tampoco este nuevo retrato fue del gusto del duque.   
 Goya, Retrato de Wellington, The National Gallery of Art, Washington 

Finalmente Goya realiza un retrato ecuestre que por fin entusiasmó al Duque, aunque parece que nunca llegó a saber que se trataba de un cuadro reutilizado que inicialmente estaba destinado a José de Bonaparte quien rechazó la pintura por considerar que la cabeza del caballo no estaba proporcionada. El pintor aragonés lo guardó en espera de mejor ocasión, momento que le llegó con el nuevo encargo de Wellington que en esta ocasión quedó encantado de la rapidez con que fue realizado y con el resultado final del mismo.

Goya, El Duque de Wellington. Apsley House


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